Categoría:
Vida cristiana
Descripción:
Dentro de cada ser humano donde mora el Espíritu existe el vivo deseo de
conversar con su Padre celestial. Anhelamos tener una íntima relación con
nuestro Padre celestial pero a menudo no sabemos qué decir. Y aún así muchos
cristianos rara vez se mueven más allá de la frustración y tratan genuinamente
de aprender a orar. ¿Usted realmente quiere aprender a orar? Si es así, permita
que este artículo lo ayude a iniciar hoy una nueva etapa de su vida de oración.
Por
Donald Whitney
Tengo
un amigo en el ministerio que es mayor que yo y a quien considero un padre
espiritual. Él es uno de los hombres más devotos que conozco, y el más dedicado
a la oración. Muchos en su denominación lo consideran la autoridad más notable
en el área de la oración. Ha escrito dos libros sobre este tema y muchas
personas alrededor del mundo le piden que dirija conferencias sobre la oración.
Generalmente lo veo un par de veces al año y siempre le pregunto lo que ha
aprendido acerca de la oración desde la última vez que hablamos. Sus ojos
brillan a medida que emocionado comienza con algo como: «¡Oh! ¡He aprendido la
lección más hermosa!» Estar con él, y especialmente orar con él, siempre me
recuerda lo mucho que tengo que aprender —y quiero
aprender— sobre la oración.
El
pueblo de Dios quiere aprender a orar. A pesar de que a menudo experimentamos
fracasos y frustraciones al hacerlo, el Espíritu Santo hace que nuestros fracasos
nos hagan querer aprender en lugar de renunciar.
Así
que no es ninguna sorpresa cuando leemos en el Nuevo Testamento que «aconteció que estando Jesús orando en
cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: “Señor, enséñanos
a orar, así como Juan enseñó también a sus discípulos”» (Lucas 11.1).
Incluso los más cercanos a Jesús querían orar pero sabían que nunca podrían
hacerlo como Él lo hacía a menos que se les enseñara cómo.
Uno
de los aspectos más fascinantes acerca de este pasaje es que este es la única
ocasión registrada en los evangelios donde a Jesús se le pide enseñar sobre un
tema en específico. Hasta donde se sabe sus discípulos nunca le pidieron que
les enseñara a cómo caminar sobre las aguas o cómo multiplicar los panes y los
peces. Pero algo en la forma en que Jesús oraba —ya que ellos oraban con él, o
lo escuchaban cuando lo hacía a solas, o simplemente la forma en que dedicaba
tiempo para orar— los hizo querer aprender a orar como él. En su experiencia
religiosa anterior, seguramente la mayoría de las oraciones que escuchaban en
la sinagoga o que habían ofrecido ellos mismos había sido una mera formalidad.
En Jesucristo vieron la necesidad de orar, así como la incapacidad de ellos.
Creo
que sé como se sentían. Por supuesto que nunca he escuchado a Jesús orar pero
puedo escuchar a simples hombres hablar con Dios e identificarme con el sentido
de incapacidad de los discípulos en lo que respecta a la oración. Otros tienen
la habilidad de expresarse fácilmente y así elevar su oración hasta los cielos,
luego me escucho balbuciendo «yyyy, …. esteee….» Mientras unos oran con gran
fervor, a menudo lucho en mantener mis pensamientos en Dios y no en mi lista de
todo lo que tengo que hacer. Cuando otra persona conversa con el Señor con un
sincero sentido de intimidad, yo a veces me siento como un hipócrita cuando es
mi turno de orar porque mi corazón está frío.
Así
que estoy agradecido con el discípulo por haberle dicho al Señor «enséñanos a
orar», porque él expresó una necesidad que los discípulos de Jesús de todos los
tiempos y lugares experimentan. Gracias a su pregunta y a la respuesta de Jesús
podemos ver más claramente que solo aquellos cristianos a quienes se les haya
enseñado cómo orar pueden hacerlo
eficazmente. No obstante, podemos aprender el contenido y espíritu de la
verdadera oración de la Palabra y el Espíritu de Dios.
«Señor, enséñanos»
Al
unirnos a la petición de los discípulos sobre que Jesús les enseñara a orar
implica nuestra dependencia. En otras
palabras, no podemos orar correctamente a menos que el Señor nos enseñe. El
apóstol Pablo expresó nuestro problema en forma concisa: «Porque no sabemos orar como debiéramos» (Romanos 8.26).
Nadie
es un orador innato. Hay atletas y cantantes innatos pero nadie sabe decir oraciones
(a menos del tipo que Dios responde) por naturaleza. «Pero el hombre natural» —afirma 1 Corintios 2.14— «no acepta las cosas del Espíritu de Dios [tales
como orar], porque para él son necedad; y
no las puede entender…» De hecho, hasta que el Espíritu Santo habite dentro
de una persona, las oraciones de esta son, por muchas razones, una abominación
a Dios (Proverbios 28.9).
Pero
incluso después de haber nacido de nuevo por medio de la fe en Cristo no
podemos orar bien si no se nos enseña primero. Recuerde que Pablo se refería a
él mismo y a otros en quienes ya moraba el Espíritu Santo cuando escribió «no sabemos orar como debiéramos». Y
nunca sabremos hacerlo como debiéramos hasta que se nos enseñe. Solamente
alguien del cielo puede enseñarnos a cómo comunicarnos con «Nuestro Padre quien está en los cielos» (Mateo 6.5). Así como un
niño puede exclamar y expresar muchas cosas sin palabras, así también un hijo
de Dios puede exclamar algo en oración y ser escuchado por su Padre celestial.
Pero pronto las limitaciones de las destrezas de la comunicación infantil
insatisfacen y frustran a aquellos que quieren crecer. Crecer en nuestra
habilidad comunicativa, sea con un padre en la tierra o con nuestro Padre en el
cielo, significa aprender cómo hacerlo.
Decir
«Señor, enséñanos a orar» también
implica un sincero deseo por
aprender. Una cosa es decir que usted quiere orar y otra estar dispuesto a
aprender. Dentro de cada ser humano donde mora el Espíritu existe el vivo deseo
de conversar con su Padre celestial. De hecho, el Nuevo Testamento nos dice en
dos ocasiones «porque sois hijos, Dios ha
enviado el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, clamando: “¡Abba!
¡Padre!”» (Gálatas 4.6; vea también Romanos 8.15). Todos aquellos que
tienen el Espíritu de Dios tienen esta orientación por el Padre, pero muchas
veces no sabemos qué decir. Anhelamos tener una íntima relación con nuestro
Padre celestial pero a menudo no sabemos qué decir. Y aún así muchos cristianos
rara vez se mueven más allá de la frustración y tratan genuinamente de aprender
a orar. ¿Usted realmente quiere aprender a orar?
Tercero,
pedirle al Señor «enséñanos a orar»
implica crecimiento y progreso. Los discípulos no aprendieron
todo lo que necesitaban aprender acerca de la oración en una lección, ni
tampoco nosotros. A pesar de que en esta oportunidad Jesús respondió
directamente su petición, este pasaje no contiene todo lo que Él enseñó acerca
de la oración. Por ejemplo, Lucas 18.1: «Y
les refería Jesús una parábola para enseñarles que ellos debían orar en todo
tiempo y no desfallecer.» Después, les enseñaría más acerca del fervor en
la oración en su ejemplo en el Jardín de Getsemaní (Lucas 22.39–46).
¿Cuál
es el punto? No caiga en la tentación de pensar: «Sencillamente no puedo» cuando concierne a la oración. Si usted
empezara a estudiar una lengua extranjera, ciertamente le tomaría años de
aprendizaje y práctica regular en conversaciones antes de que se sintiera
cómodo a la hora de hablar con otras personas. ¿Entonces por qué deberíamos
pensar que debemos aprender el idioma de la oración en un corto periodo de
tiempo?
«Cuando oréis»
La
respuesta de Jesús a la petición del discípulo es inmediata y directa en el
versículo 2: «Y él les dijo: “Cuando
oréis, decid:…”» Lo que sigue es el famoso «Padre Nuestro» o también
conocido como «La oración modelo». Después resalta la importancia de persistir
en la oración (versículos 5–11), y concluye su respuesta con la promesa del
versículo 13: «Pues si vosotros siendo
malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre
celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» En palabras más
sencillas, aquí Jesús enseña un resumen de lo que es necesario acerca del
contenido y el espíritu de la oración. Por eso es que la llamamos «La oración modelo».
Con
respecto al contenido de la oración, empieza con «Cuando oréis, decid…». Como cuando un hermano mayor se inclina y
tranquilamente instruye al hermano menor sobre qué decir cuando estén frente a
su padre. En las pocas líneas de los versículos 2 al 4 Jesús nos dice qué decir
cuando hablemos con Dios.
¿Pretende
Jesús que digamos esas mismas palabras cuando oremos? Por un lado, leemos
oraciones ofrecidas por Jesús y por los apóstoles después de esta ocasión, y
ninguno de ellos repite estas líneas. Por el otro lado, Jesús explícitamente
instruye, «Cuando oréis, decid…» Para
responder este dilema debemos regresar a Mateo 6.9–13 donde Jesús enseña la
misma oración en el Sermón del Monte. En ese ejemplo introdujo la oración al
decir: «Vosotros, pues, orad de esta manera…»
Ahí enseña la oración como un modelo a seguir, un ejemplo que usa los
principales puntos de todo lo que deberíamos desear y amar en oración. En Lucas
11.2–4 encontramos bases para repetir la oración verbalmente, una práctica que la
iglesia mantiene por lo menos desde el siglo II. Si bien esto se permite, Jesús
también previno sobre orar con «repeticiones sin sentido» (Mateo 6.7), algo que
puede hacerse incluso con una oración inspirada. Esa es una razón por la cual,
como lo veremos más adelante, él también resaltó en este contexto la función
del Espíritu Santo en la oración genuina (Lucas 11.13). Sin embargo, ya que las
otras oraciones del Nuevo Testamento siguen el modelo del Padre Nuestro y no su forma, creo que Jesús nos está dando una guía de oración en Lucas
11.2–4 más que un guión.
De
esta forma, cada línea (tales como la del versículo 2: «Venga tu reino») es un modelo o ejemplo de las cosas por las que
deberíamos orar. Por ejemplo: «Señor, anhelo ver tu reino venir a mi hija, que
ella te considere como su Rey y Salvador. Y venga tu reino a través de Tomás y
Sara cuando compartan el evangelio de Jesús con los musulmanes en el campo
misionero.» Incluso sin el uso de las frases exactas de la oración modelo, se
puede orar el mismo significado. Las oraciones por las bendiciones de Dios
sobre la obra de su iglesia puede ser otra, más específica y personal a la hora
de decirle al Señor: «Venga tu reino».
Ahora
permítame regresar a la oración modelo pero ahora con una visión más amplia.
Cuando los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a orar, él no dijo
algo como: «Decid cualquier cosa que sintáis, y eso agradará a Dios.» En lugar
de eso, en las dos ocasiones que enseñó esta oración , Dios Hijo dejó
instrucciones específicas. Dios inspiró estas palabras de educación. O póngalo
de otra forma, la Palabra de Dios nos enseña a orar.
«Muy
bien» —me dirá usted— «¿pero qué significa eso? ¿En qué maneras prácticas me
ayuda eso a aprender a orar?» Para empezar, observemos que la respuesta de
Jesús cuando le pedimos «Señor, enséñanos
a orar» es exactamente la misma respuesta inspirada que él le dio al
discípulo en Lucas 11. Eso significa que deberíamos volvernos primero a su
Palabra cuando le pedimos lo que se le solicitó en Lucas 11. ¿Cuáles fueron sus
palabras? La oración modelo. Parte del « plan de estudios básico» de la escuela
de oración de Cristo es aprender a usar esta oración de la forma que Jesús
pretendía. Esta oración no es el único modelo divinamente inspirado que nos
dejó. Dios puso oraciones en toda la Biblia para servir como ejemplos. Pero
deberíamos dar prioridad a esta porque fue la respuesta explícita de Jesús a
una petición específica: «Señor,
enséñanos a orar.»
«Si
oramos correctamente» —dijo el teólogo del siglo IV, Agustín— «decimos solo lo
que aparece en el Padre Nuestro. Y cualquier persona que pida en oración algo
que no aparece en el Padre Nuestro, está orando de tal forma que no es lícita,
o al menos no es espiritual.» Agustín continúa ilustrando cómo los elementos de
las oraciones de otras partes de la Biblia no son más que nuevas declaraciones
o ampliaciones de alguna parte de la oración que Jesús enseñó en Lucas 11 (Nota
1).
Después
de presentar La oración modelo en los versículos 2–4, Jesús continuó su
enseñanza sobre la oración en los versículos siguientes pero ahora en los
aspectos de la perseverancia y la promesa de las oraciones respondidas: «Y yo os digo, pedid, y se os dará; buscad,
y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; y el que
busca halla; y al que llama se le abrirá.» (Lucas 11.9–10). ¿Ha renunciado
a pedir cosas? A menos que usted esté convencido de que sus peticiones están
fuera de la voluntad de Dios, y puede clasificarlas bajo alguna de las
peticiones encontradas en La oración modelo, permita que Jesús le enseñe a
seguir pidiendo, buscando y llamando a la puerta. Reflexione y ore por cada
lección que Jesús le enseña sobre la oración en este pasaje.
En
Lucas 11, Jesús enseña no solo lo básico sobre el contenido de la oración, sino también sobre el espíritu de ella. La conclusión de su respuesta a «Señor, enséñanos a orar» es: «Pues si vosotros siendo malos, sabéis dar
buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el
Espíritu Santo a los que lo pidan?» (versículo 13). Orar es más que decir
las palabras correctas o ponerlas en el orden correcto o repetirlas cierta
cantidad de veces. Orar, como adorar, debe hacerse «en espíritu y en verdad»
(Juan 4.24). Así que orar, incluso usando las palabras de la oración modelo,
sin la ayuda del Espíritu Santo es como intentar volar un aeroplano con un ala.
Si
su vida de oración tiene solo un ala, gira en torno al aburrimiento y es
redundante, quizá es porque usted no le ha pedido al Espíritu Santo que lo
ayude a orar. Todos los cristianos tienen desde el primer momento de fe en
Cristo y para siempre al Espíritu Santo (Juan 7.38–39). Pedirle al Padre que
nos dé «el Espíritu Santo» no es, por lo tanto, pedir por el don inicial del
Espíritu, ni pedir una porción doble de él, sino más bien pedir su ayuda e
influencia. Nuestro Padre celestial, por su Espíritu, nos ayuda —nosotros que
somos pecadores, egoístas y mortales— a hablar con él. Él abre nuestros ojos
para que veamos porciones de la Palabra de las que deberíamos hablar. Él abre
nuestra mente para que oremos según como dice la Biblia que debemos orar. Él
abre nuestro corazón para que sintamos lo que oramos en lugar de sencillamente
balbucear frases inertes al aire.
Un
gran hombre de oración, así como predicador, Charles Spurgeon, dijo: «Todos
debemos sentir que si vamos a orar correctamente, debemos dejar que Dios nos
enseñe por medio de su Espíritu Santo. Estamos llenos de debilidades, y si hay
algún momento en que las sentimos más, entonces es cuando debemos involucrarnos
en la oración. Pero “el Espíritu también
nos ayuda en nuestra debilidad; porque no sabemos orar como deberíamos”.
Entonces, expresemos esta oración a nuestro gran Maestro, “Señor, enséñanos a orar”» (Nota 2).
Ore la oración modelo y pídale al
Espíritu Santo que lo ayude a hacerlo.
Ore el Padre Nuestro hasta que conozca sus partes como un profesor de español
conoce los tiempos verbales. Y pídale al Espíritu Santo que lo ayude a orar
para que la guía de esta oración sea más que las partes de una oración, sino
los medios para tener una comunión con Dios.
Tenga por seguro de que su Padre
celestial responderá. Los discípulos, en su
mayoría personas sencillas y pobres, pidieron «Señor, enséñanos a orar» y él estuvo dispuesto a hacerlo de todo
corazón. Él está igual de dispuesto a enseñarnos ahora. Aquel que dio a su Hijo
para reconciliarnos de seguro nos dará su Espíritu para ayudarnos a disfrutar
de esa relación. Además, Jesús promete que el Padre le dará el Espíritu a
aquellos que se lo pidan.
Ore. Aprender
a orar pero no orar es como un piloto que siempre está aprendiendo en un
simulador de vuelos pero que nunca despega de la tierra. Nuestro Maestro nos
enseña a orar para que lo hagamos. ¿Será usted un hombre o una mujer de
oración? Regrese a las palabras de Jesús en Lucas 11 y comience hoy.
•
Ore habitualmente
Aquellos
que oran al azar, es decir, «Cuando tengo
tiempo» nunca oran tanto como aquellos que hacen de la oración una parte de
su rutina diaria. Esto no significa que el contenido de la oración se convierte
en rutina, sino que solamente el tiempo dedicado a esto se vuelve un hábito.
Unifique su tiempo de oración con su tiempo de lectura o reflexión bíblica para
que el hábito de leer la Biblia también fortalezca su vida de oración.
•
Ore utilizando la Biblia
Sea
en mis clases del seminario o en iglesias de todo el país, nada parece encender
y mantener la pasión por la oración como la enseñanza de la oración a través de
la Biblia. Elija un salmo (o un párrafo de alguna de las epístolas del Nuevo
Testamento) y ore versículo por versículo. Simplemente hable con el Señor
acerca de lo que dice cada versículo y lo que se le viene a la mente cuando lo
lee.
•
Ore con su iglesia
En
el Nuevo Testamento, orar como iglesia es algo más importante de lo que nos
imaginamos. Apoye los cultos de oración de su iglesia. Si la vida de oración de
su iglesia es decepcionante, trabaje con el pastor para mejorarla o desarrollar
un nuevo ministerio de oración. Pastor, trate de incorporar la oración
colectiva en su culto de adoración del domingo en la mañana.
•
Ore junto a otros oradores
Ore
frecuentemente con al menos un creyente cuya vida de oración enriquezca y anime
la suya. Este podría ser su pastor u otro líder espiritual, o incluso algún
hermano de otra iglesia.
•
Lea biografías de grandes oradores
Si
su vida de oración está a punto de fallecer, lea las biografías de personas
como George Müeller, David Brainerd, y otros guerreros de oración.
Notas
del autor:
1.
Las Confesiones de San Agustín
2.
C. H. Spurgeon, «Exposición, Lucas 11.1–26» El
púlpito del Tabernáculo Metropolitano, Vol. 56.
Este
artículo se publicó por primera vez en Moody
Magazine. Usado con permiso.
Título
del original: Following His Model
Copyright
© 2002 por Donald S. Whitney. www.BiblicalSpiritual.org
Traducido
y adaptado por DesarrolloCristiano.com. Todos los derechos reservados